Huella de Almas, de Francisco Acebal

Una hermosa historia de amor en el Madrid de principios del XX

Esta novela tiene, entre otras muchas, dos grandes virtudes aparentemente contradictorias. La primera, interior, es el modo de adentrarse en las profundas aventuras del alma, algo que pocas veces se había hecho así hasta entonces (1901). La segunda, constituir un verdadero retrato del Madrid de principios del siglo XX: "en las páginas de Huella de almas (…) se traslada a la novela la vida de esas familias madrileñas que todos tropezamos en las tardes de domingo", dirá Andrés González Blanco pocos años después en su Historia de la Novela (1909). Pero no solo vemos esas vidas, sino también su entorno, aquel Madrid de una España en crisis (la del 98): sus barrios, sus calles, sus casas... Una auténtica guía matritense que, con las notas que añadimos en la presente edición, el lector contem-poráneo podrá comparar con el Madrid de hoy.

Y no hay contradicción en estas dos virtudes, como queda dicho, porque todo yo se desenvuelve en un contexto externo con el que interactúa. De hecho, Ortega reivin-dicará en 1914 un yo circunstancial. Lo que está fuera de duda es que el siglo XIX experimenta un avance literario hacia el yo (Herich Heller), aislando progresivamente el elemento interno en un intento (seguramente infructuoso) de hallarlo y representarlo en su esencia más pura. Y este recorrido descontextualizador del yo (del que, en España, Bécquer dará el primero y probablemente único paso), discurrirá paralelo (si no es en realidad el mismo) a la trayectoria que va del cogito cartesiano a los ensayos surrealistas liberados de toda lógica e impregnados del onirismo más personal y subjetivo.  De ahí que las vanguardias del siglo XX ―punto de llegada en esta trayectoria de lo externo a lo interno― resulten inaprensibles a la razón, haciendo prácticamente baldío (amén de innecesario) cualquier intento de entender sus nuevas expresiones enraizadas en un yo más personal. En todo caso, el artista va siendo consciente de que —como apuntó Schelling—  allá donde la ciencia no llega, el arte puede representar poéticamente aquella parte de la experiencia conceptualmente inalcanzable.

Pero esta transición, ha quedado finalmente para unos pocos (los happy few de Stendhal), y aun de esta minoría hay algunos falsos artistas que, amparándose en la ininteli-gibilidad y predicando que todo vale, han creado un sórdido mercado, viviendo materialmente de él y en él. Al margen de estos defraudadores, por lo demás fácilmente detectables por la crítica seria, cierto es que las modernas expresiones exigen otra mirada, una mirada irracional, algo así como aquella  inocente mirada de Santa Teresa cuando dijo: Esto no entiendo cómo es; y el no entenderlo me hace gran regalo. De cualquier manera, la literatura (o la "comuni-cación", más que literatura) que hoy sigue vendiendo y encandilando a las masas, continúa siendo un medio eminentemente racional, y —cada vez más—  elemental, en parte por los devastadores efectos de la soberana tiranía de la imagen que nos inunda. Con todo, es de agradecer el enriquecedor aporte de las vanguardias a una literatura, o a un arte en general, de mayor fuerza, equidistante de las expresiones artísticas inaprensibles a la razón, en un extremo, y de esta otra literatura o "comunicación" de masas, en el otro.  Concluyendo así que quizá lo mejor, como suele acontecer, se encuentre en este punto intermedio.

Pues bien, Huella de almas está en ese punto intermedio, puesto que es una novela racional y, por tanto, fácil de leer.  Y, sin embargo, contiene ya esa "nueva mirada" hacia el interior y esa conclusión de Rilke que aúna lo exterior (la circunstancia orteguiana) con el nuevo y profundo (o más bien esencial) yo. Ese yo que se busca y se encuentra fuera de él, entre las cosas, representándolas (la presencia de Schopenhauer también resulta aquí incuestionable y baste reflexionar sobre el propio título de su gran obra: "El mundo como voluntad y representación", publicada en 1819). Ese yo que mira (que lee y se expresa) de otra manera: Aprendo a ver, —dirá un asombrado Rilke en sus "Cuadernos de Malte Laurids Brigge", tras una relación minuciosa de las cosas, los detalles que le rodean—. No sé por qué, todo penetra en mí más profundamente, y no permanece donde, hasta ahora, todo terminaba siempre. Tengo un interior que ignoraba. Así es desde ahora. No sé lo que pasa. ¿Y cuál es esa nueva forma de ver constatada por Rilke? La más ego-ísta, la del yo que se suma y se diluye en el universo, interiorizándolo, la mirada del "amor intransitivo", ese amor que se consume en uno mismo porque su proyección externa hacia el/lo amado es mera ilusión: Amaba su interior, la selva de su inte-rior,—vuelve a decirnos Rilke en su III "Elegía a Duino"—/este bosque originario que había en él, sobre cuyo mudo derrum-bamiento/ se erguía su corazón. Es la mirada distinta del amante intransitivo, otro modo de ver en cada cosa, en cada detalle, el universo, fundiéndose así el yo en el todo. Un nuevo estado de conciencia, un amor que no se materializa nunca, porque lo principal es justo lo contrario: pasar de lo visible a lo invisible, de lo material a lo incorpóreo. Interiorizando lo externo nos fundimos en la unidad del universo al que pertenecemos porque formamos parte de él. He aquí, por lo demás, la diferencia con los viejos románticos, que buscando la materialización de sus pasiones (el amor a la amada, o el amor a la nación) solo encuentran frustración: bien por inalcanzables, bien porque alcanzadas siempre defraudan. Frustración destructiva que culmina en el suicidio, el crimen pasional o la guillotina.  Nada que ver, como vemos, con este nuevo yo, con esta interiorización del  todo y en el todo.

Esta modernidad la encontramos ya en Huella de Almas (1901). Sergio Soto, su protagonista, se enamora —aparen-temente— de una sombra. Y decimos aparentemente, porque al contrario del yo romántico, Sergio se enamora de una sombra iluminada por cuanto le rodea: todos y cada uno de los detalles en los que el protagonista repara y penetra. No hay, evidentemente, contradicción alguna, puesto que el yo, como hemos visto, se encuentra a sí mismo precisamente en el universo externo.

Y ese universo externo nos lo muestra Francisco Acebal, en todo: en los personajes, las cosas, la Historia, la música, etc.  Pero también en las esquinas, los ambientes y los detalles de Madrid, lo que para el lector constituye un acicate más, no ya solo por lo que tiene de paseo espacial, sino también, y sobre todo, por el viaje en el tiempo que comporta, al trasladarnos a ese Madrid de principios del siglo XX, entrevisto con la mirada interior de Sergio. Con lo que disfrutará tanto el lector madrileño, viajando al pasado y contrastando su Madrid con el de la novela, como el foráneo, al bucear por la capital de España de entonces, y aún de la actual (por las notas a pie de página de nuestra edición), constatando cómo vivían y, en consecuencia, cómo sufrían y disfrutaban sus gentes en esa época crucial de crecimiento y de crisis occidental, a la que, en el caso español se añade una crisis propia (¡qué raro!) económica y de identidad: la del 98.

En todo caso habremos de insistir en que Huella de Almas es una novela doblemente sencilla: tanto en el contenido de lo que narra como en la forma de expresarlo: en su estilo. Y esto es ya una importante novedad en comparación con anteriores gestas de héroes o mártires fruto de grandes pasiones, en las que el amor y el sexo, la muerte o el suicidio conforman el núcleo de una trama que aspiraba a ser monumental y espectacular. Al percatarse la nueva modernidad de que el verdadero drama del hombre no está tanto en lo que hace ni en lo que le hacen sino en el proceso de interiorización del mundo externo, aparece un nuevo tipo de héroe, un héroe silencioso que sufre y disfruta de la vida de manera intensa sin necesidad de ostentosos acontecimientos, sino con las cosas aparentemente más nimias. Fuertes sensaciones internas apenas percibidas en algún gesto, en alguna mirada.

Huella de almas, es posiblemente la primera gran novela del siglo XX, al igual que Aires de Mar, del mismo autor, fue uno de los mejores relatos del siglo anterior. Y teniendo en cuenta que —a decir de muchos— ese siglo comienza, estilísticamente,  pasada ya su primera década, no resultará aventurado afirmar que se adelanta a su tiempo. Lo acabamos de ver con las referencias Rilke. Pero nótese que Marcel Proust comenzó A la busca del tiempo perdido en 1908.  Y que será, ya en 1922, cuando aparecerá, llevado al extremo, el personaje de Leopoldo Bloom, ese nuevo Ulises gris de Joyce, cuya odisea se limita en el tiempo, a un día, un solo día de verano; y, en el espacio, a un Dublín igualmente deslucido en cuanto mero reflejo del propio Bloom, sabedor que a una hora concreta su mujer va a serle infiel. Este nuevo Ulises sin Ítaca y en continuo soliloquio: el yo en uno de sus estados más puros. Ininteligible. Porque con la extrema introspección, cede la comunicación y hasta se hace el silencio. El joven a Hofmannsthal, en su Carta de Lord Chandos (1902), refiere que la herrumbre corroe todo lo externo. Kandinsky descubre la abstracción en la pintura con su primera Acuarela (1910) y  Arnold Schönberg publica su Tratado de Armonía (1911), relativizando la armonía clásica y despreciando la tonalidad. En suma: la herrumbre de los signos, la disolución del lenguaje. No podía ser de otra forma: fundido el yo —ese nuevo yo, que nada tiene que ver con el romántico— en/con el universo, en cada detalle del universo —ese nuevo universo que tam-poco tiene nada que ver con el realismo y el naturalismo hipertrofiados de objetivismo—, la lógica cartesiana y la objetividad científica ceden, y la comunicación deviene mucho más compleja, cuando no imposible. De ahí la crisis del lenguaje de principios del XX.  De ahí la emergencia del silencio, de la mirada muda del poeta, absorto, contemplativo… embriagado de(l) todo: "demasiada reali-dad",  llegará a decir T.S. Elliot en su Tierra Baldía (1922). Ya en 1965, quizá una de las mejores novelas españolas del siglo XX, y seguramente la única con esta mirada distinta y moderna, llevará el sugestivo título de Tiempo de Silencio (Luis Martín Santos).

   Pues bien, algo de todo esto se intuye ya en Huella de Almas: donde el yo lo invade todo pero sin llegar a desconectarse de la realidad racional. Sergio Soto, como ya hemos dicho, se enamora no tanto de la hija de su querido jefe recién fallecido, como de una sombra. Ya lo habíamos adelantado. Se enamora, al igual que el personaje de Bécquer en la leyenda El rayo de luna, o en la rima XI (Yo soy ardiente…) y al igual que, seguramente, nos enamoramos todos, sin saberlo: con los ojos del alma absortos ante una visión difusa: Rafaela, en pie, medio en penumbra, sin que Sergio se diese cuenta más que de su mirada, que era azul y penetrante (…) En la obscuridad de la estancia, Sergio seguía adivinándola, en pie, recostado el cuerpo en el aparador, metida como santa en hornacina entre el mueble y la pared, allí precisamente donde la sombra era más espesa. El vestido negro favorecía el desvanecimiento de su personita, perdiéndose las líneas en aquel esfumado como figurilla de dibujo al carboncillo. Solo el rostro destacaba un poco, por efecto de su blancura, una blancura de azahar; pero sobre todo los ojos, esos sí, rebrillaban con su azul profundo que infundía ideas de cosas muy hondas: la idea del mar, su mar Mediterráneo. Y esa imagen mental e ideal de Rafaela se irá desvaneciendo conforme la vayamos conociendo, conforme vaya adquiriendo solidez.  Proust incidirá sobre esto años más tarde. Por ejemplo, al referirse a las muchachas apenas entrevistas en nuestros paseos: ¿Me había parecido tan hermosa porque apenas la había vislumbrado? … Los encantos de la mujer que pasa suelen ser directamente proporcionales a la rapidez de su paso. Cuanto más pobre resulta nuestra percepción sensorial sobre un objeto concreto más se enciende nuestra imaginación para percibir no lo que ese objeto es sino lo que quisiéramos que fuera, presentándose entonces ante nosotros perfecto y, por tanto, irreal. Y nuestras divagaciones crecen y crece la perfección y la irrealidad, y crece nuestra angustia y nuestro deseo. La etérea irracionalidad: En aquel segundo —volvemos s nuestra novela— la vio como tal vez no la hubiera visto nunca en horas enteras.  Sergio es un hombre dedicado a la Historia, absorbido por la Historia. Y, de repente su "sólido" mundo se disuelve en vaporosos deseos de una Rafaela soñada: Le veía lejos; ni aun la violenta impresión de ahora mismo, en la sala, podía retener quieta; con todo su horror, se escabullía, la borraba el relámpago verde, y el desgarrón que este hizo en las tinieblas del comedor. Sí; ¡qué alta, qué pálida, qué azul el de sus ojos!... Y al recapacitar, al descubrir sus deseos sobre Rafaela, hija de su fallecido jefe, al descubrir cómo lo sólido se disuelve, recapacita, en un espléndido soliloquio que también se adelanta a las técnicas narrativas de su época:  Recobrándose un instante, se dijo a sí mismo: —Pero, Sergio, ¿estás loco? ¿Qué diría don Cayetano Bustamante si te viese ahora? Bien; lo que debiera haberme dicho una vez y otra, y otra y ciento, es lo que en su casa tenía, el tesoro que guardaba... Pero, Sergio, formalidad, formalidad; repara que con el disgusto, con las impresiones inesperadas, con este olor tan fuerte, estás un poco... Sí, es verdad: estoy con un poco de borrachera. A casa, necesito cenar; comprendo que no podré pasar ni un bocado, pero yo necesito algo sólido... ¡Ah, lo sólido! Estoy cansado de lo sólido...  Y más adelante:  . ¿Qué soy yo? Un pobre hombre que se obstina en torcer el rumbo, que con tantas historias vive edades muertas y pierde el camino.

 

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"EL GRECO DE COSÍO"

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