Conocer a los Borgia

La verdadera historia de los Borgia, desnudos de la Leyenda Negra

El que controla el pasado —decía el eslogan del Partido— controla también el futuro. El que controla el presente controla el pasado. (…) A esto le llamaban «control de la realidad»,  pero en neolengua había una palabra especial para ello: doblepensar.

1984 (Orwell 1949:99)

 

La Historia es Historia cuando se analiza desde el futuro, porque solo esa perspectiva confiere al observador la serenidad necesaria para tratar los hechos sin las tensiones y prejuicios que implica toda cercanía. Cuando se investiga la actualidad hacemos periodismo. Si buceamos en el pasado somos historiadores. En todo caso siempre somos presos de lo actual y exiliados del pasado.

Expresiones como estas se han repetido hasta la saciedad. Pero la cuestión es bastante más compleja: el hecho histórico no solo condiciona causal y casualmente el futuro sino que, además, lo interpreta: estamos sumergidos en la actualidad, sí, y, precisamente por eso, lo estamos también en la Historia; porque la actualidad forma parte de ella: es su último eslabón, su último efecto.  Y en la medida en que esto es así, la tentación de la manipulación histórica surge casi con la misma fuerza que nos inclina al artificio periodístico.

Y esta tentación existe desde que el hombre es hombre, que lo es desde que se comunica. Porque si una mentira se repite acaba por convertirse en verdad. Goebbels lo sabía, Orwell lo denunció: si todos los testimonios dicen lo mismo, la mentira se convierte en verdad:  quien controla el pasado controla también el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado.

Y hoy más que nunca, porque hoy más que nunca vivimos en un universo mediático, la manipulación documental puede resultar ―y resulta― abrumadora. 

Manipulación que no solo subvierte las fuentes, sino que al observarlas desde una perspectiva temporal ajena a ellas, las interpreta con un sistema de valores extraño a su momento.

También Blasco Ibáñez conoce y reconoce esta tentación y la desvela en nuestra novela, cuando el canónigo Figueras le pide a su sobrino Claudio que limpie a los Borgia de las infamias de que han sido víctimas: él sí puede hacerlo, pero no un canónigo al que, por serlo, nadie creería; y no solo eso sino porque diciendo ciertas verdades faltaría a su sagrado ministerio:

 

Tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia. (…) los Borgias continúan siendo considerados por el vulgo como unos modelos de monstruosidad (…) Y yo no puedo defenderlos desembarazadamente. Soy un sacerdote, y cada vez que tomo la pluma para escribir sobre ellos, dudo, siento miedo, me parece que voy a faltar a los deberes que me impone la disciplina de la Iglesia. Debo justificar la conducta de este Pontífice, relatando los escándalos de otros pontífices de su época. Necesito recordar lo que olvidaron muchos maliciosamente para ir concentrando sobre el Papa español todas las maldades de su tiempo, presentándolo como si fuese un caso único. ¿Puedo hacer yo esto, un canónigo, con entera tranquilidad de conciencia?... Tú eres otra cosa. Eres un laico, y te es posible decir la verdad sin faltar a ningún misterio sagrado.

 

Mucho se ha investigado y muchas son las fuentes sobre los Borgia. Y, por supuesto, muchas las perspectivas y muchos los intereses. De modo que la "información" del pasado que nos "traslada" un historiador católico rara vez coincide con la "mostrada" por otro anticlerical. Nada que ver la de un sacerdote contemporáneo a los Borgia, a la de un sacerdote de nuestros días; o la de un reformista de entonces a la de un comunista de hoy. Muchos son los que opinan y pocos los que saben (o quieren) hacer un honrado esfuerzo de asepsia que, como debe ser, permita acercarnos a los hechos desnudos, tal y como se produjeron. Si es que ello ―también es verdad― fuere posible.

Alejandro VI (Rodrigo Borgia), el segundo, último y principal Papa Borgia, pudo ser un hombre sensual, envenenador, ambicioso y estratega, porque vivió en una sociedad especialmente sensual, envenenadora, ambiciosa y virulenta. Tuvo amantes y tuvo hijos, como entonces tenían casi todos los clérigos. Utilizó el veneno porque el veneno se utilizaba con pasmosa largueza. Y fue ambicioso porque ambicioso suele ser todo personaje histórico. En cuanto a estratega… el propio Maquiavelo nos describió al Príncipe ideal como aquel que sabe mantenerse en el poder sin que importen mucho los medios.

Y no han cambiado tanto las cosas, porque al final todo va en la naturaleza humana. Lo que cambian son las formas, los métodos. Hoy, en Occidente, la lucha política ha sustituido a las guerras internas, la querella al veneno y la muerte civil a la física.  Quizá porque la sociedad mediática obliga al cinismo y a llamar a las cosas con un nombre que no les corresponde. Pero al final todo viene a ser lo mismo, si bien es cierto que en el Renacimiento (como en la Edad Media) la vida valía menos porque aquellas eran unas sociedades convulsas (igual que hoy vale menos en Palestina que en Europa) y la esperanza de vida, además, estaba muy por debajo de la media actual.

En todo caso, sigue escandalizando al consultar las referencias históricas, hoy perfectamente reseñadas (aunque no por ello necesariamente "fundadas" o "documentadas"), cómo el investigador encuentra fuentes para todos los gustos y cómo los pseudohistoriadores que tanto abundan las esgrimen a su antojo, lejos de una profunda y seria (y por tanto, honrada) crítica.  No es fácil,  cierto; para el Historiador, con mayúscula, no es fácil alcanzar el rigor navegando entre tantos y tan contradictorios datos.

Al menos, el novelista, lanza su mensaje bajo el disfraz de lo ficticio, aclarando que su mundo no es un mundo real.  Pero no por ello, y de hecho Blasco Ibáñez así lo hace, deja de tomar posiciones (compromisos), decantándose por la interpretación o interpretaciones que más le interesan.

 

He publicado “El Papa del mar”. Como usted sabe esta novela es la primera de una serie de novelas “evocativas” con las cuales me propongo hacer conocer las verdaderas glorias de España.

(…)

He acometido esta enorme empresa porque la considero un deber patriótico. Nadie puede llevarla a cabo como yo. Sea por lo que sea, soy conocido en todo el mundo, figuro entre los cuatro o cinco novelistas de fama “terráquea”, y sería verdaderamente lamentable que yo muriese sin haber aprovechado esta popularidad internacional para hacer conocer en todos los países la verdadera fisonomía de España, o sea lo que nuestra patria ha contribuido al desarrollo del progreso humano. (Montero Padilla 1926). Ver Apéndice XIV.

 

Queda, pues, perfectamente clara la posición de nuestro novelista, su reto, sus intenciones y su compromiso. Y con esta explícita y asumida responsabilidad (y la casi plena libertad que le confiere su más que holgada situación económica y personal) acometió las dos novelas del anunciado ciclo "evocativo": El Papa del Mar (1925) y la que el lector tiene ahora en sus manos: A los pies de Venus (1926).

 

* * *

Pero, ¿quiénes fueron los Borgia? El ciudadano de a pie ha oído hablar y no poco de ellos, si bien suele perderse con tantos nombres y tantos cargos. Digámoslo en pocas palabras: los Borgia son unos valencianos de origen aragonés, en concreto de Borja (Zaragoza), que a caballo entre los siglos XIV y XV, y por diversos avatares, sitúan a uno de sus vástagos en la corte de Benedicto XIII, el papa Luna, aragonés como ellos para más señas. Una vez allí, Alfonso Borja, que así se llama, comienza su andadura lenta, firme y seria, alcanzando él mismo la tiara de san Pedro en 1455, ya con setenta y siete años. En su breve pontificado, pues murió tres años después, solo se puede decir de él que, para los criterios de entonces y aun para los de hoy, fue un buen papa. Y como tal ha pasado a la historia: Calixto III.

Este es, pues, el primer Borja conocido, ya con el apellido italianizado: Alfonso Borgia, el papa Calixto III.

Huelga expresar que con un papa en la familia, y más en aquellos tiempos y con aquellas mentalidades, enseguida contaría la corte pontificia con dos sobrinos suyos a quienes otorgó la categoría de príncipes, nombrando además notario apostólico a uno de ellos: Rodrigo Borgia. Pues bien, este es el que acabará siendo el segundo y último pontífice de la saga, uno de los papas con peor prensa de la historia: déspota, embaucador, lujurioso, incestuoso y envenenador: Alejandro VI, el famoso Papa Borgia.

Al alcanzar el solio de san Pedro, en 1492, año de la conquista de Granada y del descubrimiento de América, tenía ya nuestro pontífice cinco hijos. Cosa normal entonces. Al mayor de ellos, Pedro Luis, destinado como primogénito a las armas y que andaba ya por España guerreando contra el infiel, le había conseguido, entre otros, el título de duque de Gandía. Pero Pedro Luis murió joven y sin descendencia, heredando el ducado su siguiente hermano, Juan, segundo duque de Gandía, quien se trasladará también a España al servicio de los Reyes Católicos

Juan, seguramente el más apuesto de los hijos del papa Borgia y sin mayores aspiraciones que las propias de una vida fastuosa y palaciega, tomó en matrimonio a María Enríquez de Luna, prima hermana de Fernando el Católico, ya casada anteriormente con Pedro Luis Borgia, aunque con la precipitada muerte de este el matrimonio ni siquiera llegó a consumarse.

María le dio a Juan dos hijos. Uno de ellos, con su mismo nombre, será el tercer duque de Gandía, a su vez padre del futuro San Francisco de Borja, último de los Borgia famosos en la historia.

Pero sigamos con los hijos del Papa Borgia. Hemos visto que de los cinco, dos de ellos, los mayores, han fallecido ya: Pedro-Luis y Juan. Precisamente, por primogénitos, los que fueron destinados a España para luchar contra el infiel; ambos, pues, de regreso a la tierra de sus antepasados y recuperando el apellido español original: ya hemos visto que el último acaba por ser San Francisco de Borja. Y, por supuesto, con el valenciano ducado de Gandía, pues el santo fue también duque, el cuarto duque de Gandía.

Volvamos, pues, a Roma, con los otros tres Borgia: César, Lucrecia y Jofré.  Estos tres, así como el fallecido Juan, sí tienen madre conocida y común: la primera amante de Alejandro VI: Vannozza Cattanei. Jofré pasa a la historia con más pena que gloria, al contrario que sus otros dos hermanos: César y Lucrecia, quienes junto al primer y segundo papa (Calixto III y Alejandro VI) y a Juan, segundo duque de Gandía y a San Francisco de Borja, conforman lo que podríamos llamar el gran sexteto de los Borgia:

 

Alfonso (Calixto III) 1378-1458

Rodrigo (Alejandro VI), 1431-1503, sobrino del anterior,

Juan (segundo duque de Gandía), 1474-1497, hijo del anterior

César (1475-1507), hermano del anterior.

Lucrecia (1480-1519), hermana de los dos anteriores.

San Francisco (1510-1572), nieto de Juan y 4º duque de Gandía.

 

Sexteto que en nuestra novela queda reducido a quinteto porque el último, el futuro santo, queda ya muy lejos del tiempo novelado: la época y la Italia renacentista. De modo que nos centraremos en los cinco primeros.

César, al principio el tercer hermano pero con la rápida muerte de Pedro Luis enseguida el segundo, estaba destinado desde niño a la Iglesia.  Lo propio del momento: el mayor a las armas y el segundo al clero. Su padre enseguida le consiguió, casi adolescente, el obispado de Pamplona y poco después el capelo cardenalicio.  Pero era César, precisamente, el de mayor vocación y dotes para las armas. De modo que con la también prematura muerte de Juan, abandona sus compromisos apostólicos y asume aquello para lo que se siente llamado. César será también duque (el Valentino) y condottiero. Para Maquiavelo, el modelo de Príncipe, solo comparable al gran Fernando el Católico. Para los príncipes italianos, el enemigo a batir.  Para su padre, el hijo en el que tendrá puestas todas sus esperanzas. Para sí mismo, todo: O César o nada (aut Caesar aut nihil) fue su lema. Y al final, como todo lo humano: nada. Porque el prometedor Príncipe, a punto casi de saborear la gloria, admirado por todos, sucumbió, lo apresaron y huyó a España.  Pero en la tierra de sus antepasados, César no era ya César, y en una inocente maniobra castrense, impropia de su astucia militar, murió víctima de una emboscada a traición. En Viana. El 12 de marzo de 1507, donde están enterrados sus restos. Restos de un guerrero al que Maquiavelo admiró:

 

Después de haber recogido así y cotejado todas las acciones del Duque, no puedo condenarle; aun me parece que puedo, como lo he hecho, proponerle por modelo a cuantos la fortuna o ajenas armas elevaron a la soberanía. Con las relevantes prendas y profundas miras que él tenía, no podía conducirse de diferente modo. No tuvieron sus designios más obstáculos reales que la breve vida de Alejandro y su propia enfermedad.

El que tenga, pues, por necesario, en su nuevo principado, asegurarse de sus enemigos, ganarse nuevos amigos, triunfar por medio de la fuerza o fraude, hacerse amar y temer de los pueblos, seguir y respetar de los soldados, mudar los antiguos estatutos en otros recientes, desembarazarse de los hombres que pueden y deben perjudicarle, ser severo y agradable, magnánimo y liberal, suprimir la tropa infiel, y formar otra nueva, conservar la amistad de los reyes y príncipes, de modo que ellos tengan que servirle con buena gracia, o no ofenderle más que con miramiento: aquel, repito, no puede hallar ejemplo ninguno más fresco que las acciones de este duque, a lo menos hasta la muerte de su padre (Maquiavelo 1513:239-241).

 

Nos queda, por último, la hermosa Lucrecia.  Seguramente una de las mujeres peor tratadas por la Historia. En aquella época de matrimonios políticos (y el caso de las hijas de los Reyes Católicos resulta paradigmático) a Lucrecia la casó su padre tres veces, según sus conveniencias estratégicas. Eso sí, cuidando siempre las formas… jurídicas: nada de poligamias. De modo, que el primer matrimonio lo anuló, y al segundo marido lo asesinó César.  Mas, no alarmarse tanto…: eran los tiempos. En el terreno personal, cabe preguntarse si amó Lucrecia a alguno de los tres. Pues bien lo que sabemos es que, al menos, lo intentó. Con el primero apenas tuvo trato, al segundo, al que seguramente más quiso, ya hemos dicho que se lo quitaron del medio; y al tercero, el que llegó a ser duque de Ferrara, lo quisiera o no, es cierto que Lucrecia lo respetó, como respetó a los anteriores, llevando siempre una vida ejemplar. En 1519, tras el parto de su octavo hijo, murió nuestra duquesa con 39 años. Sus súbditos en Ferrara la lloraron como "madre del pueblo". ¿En qué se parece esto al monstruo depravado de que tanto se habla, acusaciones de incesto con padre y hermanos incluidas?

Apasionante historia la de esta familia italiana de origen español, en la que estamos a punto de sumergirnos de la mano de Blasco Ibáñez y su magistral pluma. Tomando partido, sí, como todos lo toman. Pero en este caso mitigando la infamia. No fueron santos los Borgia (salvo ―literalmente― Francisco, claro), pero nada tuvieron que ver con la imagen de esa leyenda negra que les persiguió y todavía hoy persiste. Fueron gentes de su tiempo, en una posición tan privilegiada para intentar hacer y deshacer como nefasta para sufrirla. Alejandro VI fue hombre antes que papa y padre antes que hombre.

En fin, A los pies de Venus ofrece al lector otros Borgias: muy distintos a los habituales que tanto han vendido y siguen vendiendo. Y, además, con un buen soporte documental. Blasco Ibáñez fue español, republicano y anticlerical. Pero sin compromisos y sin servidumbres. Escribió este ciclo "evocativo", con la mayor de las libertades, sin las ataduras de muchos historiadores:  saboreando las mieles de la gloria literaria. Cuando ya sus otras novelas se conocían en todo el mundo y cuando esa fama y la envidiable posición económica que le proporcionó le permitió escribir lo que quiso, con la mayor de las libertades. Y qué cosas, quiso algo tan extraño entre nosotros como dar a conocer en todos los países la verdadera fisonomía de España, o sea lo que nuestra patria ha contribuido al desarrollo del progreso humano.   

En esta edición va a encontrar el lector innumerables notas a pie de página, aclarando, abundando, corrigiendo (apenas un par de datos, a decir verdad) y documentando esta novela fundamental. Y todo ello aderezado de abundantes curiosidades y un Anexo de textos interesantísimo, que nos transmite de primera mano datos más concretos sobre la época y los personajes,  con documentos que van desde los puramente administrativos (pero transcendentales) como las bulas intercaeteras, hasta la crónica social (hay una relación completa y detallada de la segunda boda de Lucrecia que nos ha dejado la peculiar Sancha de Aragón) pasando por los consejos de Alejandro VI a su hijo Juan, o dos cartas de amor que la desdichada Lucrecia remitió a Pedro Bembo, seguramente el único amor (platónico, por supuesto) de su vida. 

 

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"EL GRECO DE COSÍO"

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